• Ohamie Aviles Santiago

Angustia Inevitable

¿Cuántos nos hemos sentido atormentados con algo que no ha ocurrido? A veces nos abruman situaciones que van a suceder inminentemente y de solamente imaginarlo, nos causa un ardor en el corazón que nos hace llorar de manera inconsolable. En ocasiones esta angustia nos pesa tanto en el espíritu que quedamos presos dentro de una tristeza agobiante. Triste, pero cierto.

Muchos de nosotros hacemos un cambio de mentalidad, cambiamos de dirección en nuestra vida y aceptamos que Dios sea nuestro Padre, entonces nos volvemos herederos de todo lo bueno que Él tiene para nosotros, pero debemos recordar que nuestra vida en esta tierra continúa siendo la vida de un ser humano. Esto significa, que las bendiciones, las alegrías, las tristezas, las desgracias, las enfermedades, los imprevistos y hasta la muerte nos alcanzarán mientras vivamos dentro de este estuche. ¿Qué es lo que hace la diferencia entonces? Esto es exactamente lo que el Espíritu de Dios me enseñó a través de Jesús, leyendo en la biblia el libro de Lucas capítulo 22. Veamos…

Jesús vivió lo mismo que muchos de nosotros. Luego de celebrar la última cena de Pascua con sus amigos los discípulos, se fueron al monte de Los Olivos a orar. Jesús se retiró un poco de ellos para orar solo, pues sabía que su momento había llegado. Es en ese momento de soledad que Él visualizó su proximidad a un terrible dolor, sintió la muerte cruel acercándosele, percibió su horrenda forma de morir. Entonces, Jesús como todo ser humano se estremeció profundamente y se angustió intensamente. ¿Pueden imaginar tal tormento? Si pensamos que para Él era más fácil, permítanme compartirles parte de lo que aprendí: Jesús fue 100% humano y 100% Dios. Por eso padeció como tú y como yo.


Cuando vivimos estos momentos de angustia desesperantes, no es malo llorar y sentir dolor. Lo importante es tomar la actitud que tomó Jesús pero no demorarnos demasiado en tomarla. En Lucas 22:42-44 (NTV) Jesús oró: «Padre, si quieres, te pido que quites esta copa de sufrimiento de mí. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía». Entonces apareció un ángel del cielo y lo fortaleció. Oró con más fervor, y estaba en tal agonía de espíritu que su sudor caía a tierra como grandes gotas de sangre. Jesús todavía estaba agobiado por su dolor y decidió orar con más fervor. ¿Se imaginan esa oración? ¿Cuántas lágrimas habrán corrido por sus mejillas? Su temperatura debe haber subido a tal extremo que dicen algunos manuscritos que su sudor era imparable y hasta fue comparado con el espesor de las gotas de sangre.


Leyendo esta historia comprendí que lo que nos hace crecer en momentos de agonía, es tomar el valor que humanamente no tenemos, pero agarrando la mano del Espíritu de Dios y aún llorando, aflijidos, preocupados u atormentados, debemos orar con más intensidad. Esa oración no debe tener protocolos, no tiene que ser extensa, no debe tener palabras rebuscadas, es simplemente una conversación honesta con nuestro Padre. Es poder hablarle con apertura, que podamos derribar nuestra voluntad de rendirnos, que podamos aplastar nuestros deseos de abortar la misión, que le podamos decir con el corazón en la mano (esto es rendirnos):Padre que se haga tu voluntad, no la mía”. ¡Oh! Que sufrimiento es tener que decirlo sabiendo que es irremediable la prueba que se avecina, que no van a desaparecer las circunstancias que se aproximan, que lo que no queremos, tiene que pasar. Rindámonos ante el Padre, no ante el dolor.


Aprendí del pastor Magdiel Narváez que hay ocasiones que cuando la prueba llega, oramos a Dios y Él desaparece la tempestad como Jesús lo hizo en la barca con sus discípulos. Pero hay ocasiones, que oramos ante la adversidad y Dios nos dice: Hijo mío ¿sabes qué? ¡Dame tu mano y agárrate fuerte, atravesaremos la tempestad juntos! Esto no era lo que esperábamos ¿verdad? preferíamos ver desaparecer el problema, la muerte, la enfermedad, entre otras muchas pruebas. Pregunto: ¿Tenemos la capacidad y la voluntad de ver lo que Dios quiere hacer? Él milagro será que ¡NO ESTAREMOS SOLOS! Su cobertura, Su dirección y Su compañía harán que todo obre para bien. Esto contesta la pregunta que hice al principio (párrafo 2). Esto es exactamente lo que hace la diferencia cuando aceptamos ser hijos de Papá Dios.

¿Vemos que se avecina un torbellino a nuestra puerta? Aún con nuestras lágrimas corriendo preguntémosle a Dios qué quiere hacer. Sea cual sea la decisión de Dios, va a ser la mejor aunque nos duela en el proceso, pero no dejemos de orar, no dejemos de pedirle a Papá.


Caminantes al cielo, lo que nos sucede en esta vida es PASAJERO. Vivir en esta tierra se trata de pasar por lo bueno y por lo menos bueno, es experimentar todas nuestras emociones, no están en nosotros de lujo. Recordemos, sobre todo lo que nos suceda, aprendamos a vivir como dijo el apóstol Pablo en Filipenses 4:12-13 (TLA): “Sé bien lo que es vivir en la pobreza, y también lo que es tener de todo. He aprendido a vivir en toda clase de circunstancias, ya sea que tenga mucho para comer, o que pase hambre; ya sea que tenga de todo o que no tenga nada. Cristo me da fuerzas para enfrentarme a toda clase de situaciones.” ¡Aleluya! ¡Esta es la diferencia, esa es nuestra esperanza, esa es nuestra promesa! Espero nos veamos pronto luego de haber pasado a través de la tempestad llamada: angustia inevitable. Si llegan antes, por favor guárdenme un espacio cerquita de ustedes. ¡Bendiciones en extremo!


Escrito por Ohamie Avilés

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